ALEGRIA ACCION O REACCIÓN

  • lunes 2 de abril 2018
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Cada día nos vemos enfrentados a situaciones cotidianas y estresantes, difíciles de lidiar: relaciones familiares rotas o desgastadas, mal ambiente laboral, horarios extenuantes, entre otros. Según la OMS, en el 2016 un 17,2% de la población chilena ha presentado síntomas depresivos, los más altos en la región. A esto se suma un creciente número de patologías de este orden, como la ansiedad o el estrés.

Al considerar lo anterior, podemos pensar que tenemos justificación para estar deprimidos, pero eso no es lo que la Biblia nos dice. El apóstol ablo nos enseña que a pesar de todos los contratiempos que sufrió durante su misión de predicarle a los pueblos no judíos, él mismo se alegraba en las iglesias que crecían y las instaba a alegrarse siempre en el Señor (Filipenses 4:4).

Quizás ahora mismo te preguntas cómo tener esa alegría. El mismo Pablo nos da la respuesta: “En cambio, el fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”. (Gálatas 5:22-23, NVI). Nuestra alegría no depende del entorno que te rodea, si has cumplido tus metas personales, o si estás satisfecho con tu vida. Mas bien, es el resultado de permanecer en Cristo y su promesa: “Si ustedes me aman, obedecerán mis mandamientos. Y yo le pediré al Padre, y él les dará otro Consolador para que los acompañe siempre: el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede aceptar porque no lo ve ni lo conoce. Pero ustedes sí lo conocen, porque vive con ustedes y estará en ustedes”. (Juan 14:15-17, NVI).

¿No te sorprende que para Dios sea tan importante nuestra salud emocional que prometa darnos alegría como resultado de una vida espiritual? Dios se ocupa y cuida nuestro corazón más de lo que nosotros pensamos. Jesús mismo oró por esto: “Ahora vuelvo a ti, pero digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, para que tengan mi alegría en plenitud” (Juan 17:13, NVI). Por tanto, estar alegres no es una reacción a nuestras circunstancias, sino la acción de creer en la promesa de Dios.